A veces, llega el momento en nuestras vidas en el que decidimos ponernos las botas de aventura, coger la maleta y emprender un viaje solo con billete de ida. Ese es el momento en el que aceptamos el reto de ser expatriados, de salir de nuestra zona de confort e ir a buscar retos a un país en el que nunca nos habíamos imaginado viviendo.

Cada día, esta situación es la vida real de muchos jóvenes españoles que tras acabar su formación en España, deciden emprender un camino internacional. Los motivos pueden ser varios, y sería una idea muy interesante para otro post en este blog, pero lo importante aquí es… ¿y qué pasa una vez que hemos aterrizado en nuestro nuevo destino? 

Las primeras semanas siempre son intensas: empiezas a conocer la ciudad que será tu casa por tiempo indefinido, tu nuevo lugar de trabajo, las personas que pasaran a ser acompañantes en tu viaje, y sobre todo empezaras a conocerte de verdad.

Dice la psicología que nuestras capacidades se agudizan cuando estamos en momentos de riesgo o alta dificultad, como una reacción automática de nuestro ser para seguir luchando. Algo parecido pasa durante los primeros meses de la expatriación, es un momento complicado y delicado, de muchos cambios, frustración, morriña pero también ilusión y esperanza. 

Nuestra mente lucha durante meses con esa dualidad de emociones que puede resultar en dos direcciones opuestas, una de ellas a veces inimaginada en ningún momento. La primera dirección va hacia la satisfacción y “el asentamiento”, inclinándose la balanza a estabilizar tus emociones con la acumulación de <<positivos>> (un piso que consideras hogar, un trabajo retador, una confianza en tus habilidades idiomáticas y una red de apoyo activa). 

Esta dirección es maravillosa y te llevará a disfrutar al máximo de la experiencia de la expatriación, incluso en los momentos de añoranza a la patria. Pero ¿cuál es la realidad? Que a veces la falta de habilidades o experiencia internacional, las altas expectativas acerca de esta nueva etapa a nivel personal o profesional, o un contexto con mayores trabas de lo imaginado, nos hacen llegar a la segunda dirección. 

Esta dirección inclina la balanza a lo <<negativo>>, y surge cuando sentimos que la situación nos puede, que los obstáculos son muy grandes y tú muy pequeño, y que el más mínimo inconveniente genera una explosión emocional. En estos momentos nuestra salud mental está en riesgo, ya eres consciente del cansancio mental, de la falta de energía para tirar hacia delante y solo quieres que alguien te coja la mano y te ayude a tirar de esa mochila que vino llena de sueños y se terminó de sobrecargar con decepciones. A todo esto, se le añade la necesidad imperiosa de compartir con tus personas cercanas, hablando en tu propio idioma, todo lo que está ocurriendo. Esta sería una estrategia perfecta, pero en muchos casos por miedo o por no querer defraudar o preocupar a tus seres queridos no lo haces. Este es el momento en el que tienes que recordar que existen otros recursos como los servicios profesionales de la psicología. Todos, en algún momento de nuestra vida, necesitamos un lugar seguro para desahogarnos y recibir un pequeño empujón, y la expatriación puede ser el momento en tu caso. No te avergüences de pedir ayuda.

Cerrando este post, añadiremos que, desde un punto de vista profesional, todos los caminos antes o después se acaban inclinando hacia lo <<positivo>>, porque nuestra tendencia humana de lucha y supervivencia nos hace ser capaces de crear distancia y perspectiva en esos momentos en los que nos atascamos. Y por eso, aunque la expatriación cueste siempre acaba guardándose en nuestros corazones como una de las mejores etapas de nuestra vida. 

Publicado por sinewsonlineplatform

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